Project Description

Puta mulata tetona en Bilbao
Puta tetona, caliente y fiestera en Bilbao
Sexo anal con puta dominicana en Bilbao

Diana, mulata tetona insaciable

Diana.

24 espléndidos años.

Mulata dominicana enamorada de la fiesta.

He llegado para hacer realidad todas tus fantasías.

Muy caliente, implicada y atrevida.

Con una boca juguetona y sensual que te hará enloquecer.

Todos los servicios: Griego, 69, francés natural,…

Disfruto del sexo y soy insaciable.

24 horas.

Visa.

Copa y parking gratis (1 hora).

Piso discreto.

Un beso!!!

LITERATURA ERÓTICA


Texto extraído de «La nueva asistenta»

Autor: Alice Carroll

Entré en su habitación intentando que mi rostro mostrara la mayor cara de inocencia que podía simular, aparté la cama y me subí a la escalera ante su atenta mirada. Tras unos segundos se quitó, para mi sorpresa, el delantal que cubría sus pechos, dándome la espalda muy a mi pesar. La erección se hizo plena en ese momento, me apretaban los pantalones y la sangre de mi cuerpo bombeaba tan aprisa que la calentura tornaba hasta convertirse en verdadero mareo. Roraima de nuevo se dio la vuelta para contemplar mis torpes maniobras, jamás he sido un hacha del bricolaje, al contrario, no hay tarea que odie más. Roraima se comportaba como si no hubiera nadie más que ella en la habitación, bajándose lentamente sus bragas hasta que cayeron al suelo. Los cables se me estaban resistiendo y mis manos temblorosas por la excitación no atinaban a introducirlos en el casquillo. Pude ver de reojo su pubis, negro como el azabache, deseaba perderme en la noche que mostraba. Mientras seguía con el arreglo, Roraima caminó desnuda hasta la ducha, dejando la puerta del aseo abierta. Abrió el grifo y dejó que el agua cayera sobre su cuerpo, humedeciendo su pelo largo y rizado. El pequeño espejo del baño era mi confidente, mostrándome todos los movimientos de aquella bella mujer. Me sentía hipnotizado por su piel mojada. Vertió una pequeña dosis de gel en la palma de su mano derecha e impregnó con mimo su cuerpo con él, frotando su piel enérgicamente mientras el agua se teñía de espuma. Veía como resbalaba por sus pechos, quedando en sus pezones pequeñas manchas blancas que yo imaginaba que podría ser mi semen. Hubiera querido ser en ese momento yo la espuma y seguir el insinuante recorrido que hacía por su cuerpo, depositándose finalmente en su vello atizonado, cuya espesura ejercía de muro de contención. Veía mi semen haciéndose uno con su pubis, tiñendo de blanco aquella mata, refugio de mi fuente de placer. Mientras se enjuagaba, bajé de la escalera, pero no por miedo a caerme, sino por puro deseo y me acerqué hasta la ducha en su busca. Descorrí las puertas que la separaban de mí y agarrando su brazo la arrastré hasta su cama, haciendo caso omiso a sus súplicas.
-Pero señor… ¿Qué hace?

Yo estaba fuera de mí, no podía pensar, no me daba cuenta de lo que estaba haciendo, era mi ansiedad carnal la que decidía mis acciones. Abrí sus piernas, lamí el agua que cubría su piel hasta secarla con mi deseo, amasé sus pechos y me llevé ambos a la boca, era tal mi hambre que no me conformaba con uno. Roraima no daba muestras de rechazarme, tan sólo unos pequeños forcejeos que a mí me parecían algo teatrales. Empapé mi mano con su vello mojado y resbalé mis dedos por los confines del fin del mundo, que en este caso eran míos. Bajé la cremallera de mis pantalones y mi pene salió aliviado de su pequeño espacio. Estaba poseído por aquella mujer, mordí su cuello hasta conseguir retener en mis papilas su olor, estrujé sus glúteos con mis manos hasta que los sentí completamente míos, lamí sus negros pezones completamente endurecidos y la penetré sin poder aguantar ni un minuto más fuera de aquel paraíso de carne prieta y mojada. La embestí rápidamente, con fuerza e intensidad, pensando que quizás era la última ocasión de poder hacerlo, que de seguro le contaría todo a mi mujer y que la despediría, o peor aún, dado que cabía la posibilidad de que quien se marchara a la calle fuera yo. Pero en ese momento, todo eso quedaba muy lejos, mi única meta era poseerla, hacerla mi esclava, mi prisionera sexual, mi dulce criada sumisa, completamente mía. Empujé como si me fuera en ello la vida, con rapidez, sin tener en cuenta nada más que mi propia necesidad. Mis poros comenzaron a rezumar, mi respiración se hizo más agitada, comencé a sentir que mi miembro era comprimido rítmicamente y Roraima, para mi sorpresa, se desparramó en la cama exhausta cesando su tímida lucha contra mí, mientras yo sacaba y metía mi miembro en su sexo indiferente a sus cansinos ruegos, derramando inconteniblemente mi semen sobre su cuerpo moreno. Me deleité por unos segundos contemplando su pelvis teñida de blanco gracias a mí y me levanté.